La cabaña ofrecía una mirada sobre el lago y el bosque. Desde allí arriba podían ver la llegada de las visitas inesperadas y permitía salir huyendo de una conversación no deseada. Las compras las realizaban por turnos en el supermercado y la gasolinera a las afueras del pueblo mas cercano a unos 20 kilómetros. Así habían pasado las últimas tres semanas, evitando todo contacto con el núcleo que había sido su origen, su familia, sus amigos, sus trabajos.
Por la mañana daban un paseo desde la cabaña al lago, donde exploraban unas riveras – ahora conocidas- que habían ofrecido al comienzo de su retiro una excusa para el interés y para la dispersión de sus problemas, como los niños que en el fondo eran y que, ante un súbito golpe o caída lloran hasta que otro estimulo los devuelve a su naturaleza más expansiva y despreocupada.
De vuelta por el camino, recogían flores y plantas con las que hacían guirnaldas y ramos silvestres que colgaban en los árboles y los salientes de las rocas que encontraban entorno el camino y el lago… al cabo de los meses del verano las flores y guirnaldas secas anunciaban un otoño de frutos maduros que los pájaros no tardarían en deshacer. En invierno la nieve cubriría todo, incluso los frutos de su des-oficio atados a árboles y esas guirnaldas esmeradas de detalles silvestres que organizaban una soledad de paseos y silencios.
Al año siguiente, cuando volvieran a su retiro, el ritual de aislamiento, volverían a decorar los mismos árboles, las mismas rocas, las mismas guirnaldas que ofrecerían otros frutos, otras flores y otras semillas a los mismos animales que habían intentado ignorar en su imposible escapada de la ciudad, del orden establecido, porque al final siempre volvían, al final y desde el principio de su fantasía de escapada sabían que tan solo era eso: una fantasía de escapada de ellos mismos que al final les devolvía a lo que hubieran sido en otro tiempo. Seres extraños y solitarios.
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